Una villa burguesa junto al Ebro, una antigua fábrica de harina y una fachada cubierta de cerámica convierten a Casa Solans en uno de los testimonios más singulares de la Zaragoza industrial. En este artículo explico su historia, los detalles modernistas que merece la pena observar, su protección patrimonial y qué puede hacer hoy el viajero, teniendo en cuenta que el interior no está abierto al público de forma habitual.
Lo esencial para entender esta villa zaragozana
- Ubicación: avenida de Cataluña, 60, en la margen izquierda del Ebro.
- Construcción: entre 1918 y 1921, por encargo del industrial harinero Juan Solans.
- Arquitecto: Miguel Ángel Navarro, autor también de importantes edificios de Zaragoza.
- Elemento más reconocible: los azulejos policromados con los signos del zodiaco.
- Visita: actualmente puede contemplarse desde el exterior, pero no suele estar abierta al público.

Qué es y dónde se encuentra
La villa está situada en la avenida de Cataluña, número 60, en el entorno del Arrabal y muy cerca del río Ebro. Cuando se construyó, el paisaje era bastante distinto al actual: la vivienda se levantaba junto a la fábrica de harinas La Nueva Harinera, propiedad de la familia Solans.
Más que un palacio monumental, el edificio fue una residencia suburbana de una familia industrial. Esa relación entre vivienda y fábrica explica buena parte de su interés. La casa mostraba el nivel económico de sus propietarios, pero también formaba parte de un paisaje productivo que durante décadas definió esta zona de Zaragoza.
El Ayuntamiento de Zaragoza la incluye dentro del patrimonio protegido de la ciudad con grado de Bien de Interés Cultural e interés arquitectónico. Para mí, ese reconocimiento resulta especialmente acertado porque el valor del inmueble no depende solo de su aspecto decorativo, sino también de la historia social e industrial que conserva.
Una historia marcada por la industria y el abandono
Juan Solans encargó el proyecto al arquitecto zaragozano Miguel Ángel Navarro, que diseñó el conjunto entre 1918 y 1921. El propietario, dedicado a la industria harinera, quiso disponer de una vivienda representativa junto a su actividad empresarial.
El edificio sufrió un incendio en 1921 y no llegó a convertirse plenamente en el hogar de Juan Solans, que falleció antes de instalarse allí. Su esposa pasó a vivir en la casa en 1926. Más tarde, los daños de la Guerra Civil y la falta de mantenimiento aceleraron el deterioro.
Durante años, el inmueble permaneció abandonado y llegó a declararse en ruina en la década de 1990. Ese momento fue decisivo: la posibilidad de perderlo para siempre obligó a replantear su futuro. La rehabilitación permitió conservar una pieza que, de otro modo, habría desaparecido junto con buena parte de la memoria industrial del barrio.
Entre 2005 y 2015, la casa acogió la oficina de apoyo de Naciones Unidas al Decenio Internacional para la Acción «El agua, fuente de vida». Fue un uso poco habitual para una residencia histórica y contribuyó a devolverle actividad y visibilidad internacional.
Los detalles arquitectónicos que conviene mirar
El edificio mezcla arquitectura ecléctica, modernismo e historicismo. No responde a un estilo puro, y precisamente ahí está parte de su encanto. Navarro combina una composición residencial relativamente clásica con una decoración cerámica muy llamativa.
La fachada de los signos del zodiaco
La fachada occidental es el principal reclamo visual. Sus paneles de azulejos policromados representan los signos del zodiaco y producen un contraste muy vivo con los tonos claros del edificio. Por esa decoración, los vecinos la conocieron durante mucho tiempo como la Casa de los Azulejos.
Las piezas cerámicas procedían de fábricas de Castellón y Valencia, mientras que las vidrieras fueron realizadas por La Veneciana S. A. de Zaragoza. No son adornos colocados al azar: muestran cómo la burguesía de principios del siglo XX utilizaba materiales artesanales, color y referencias culturales para convertir una vivienda privada en una declaración de prestigio.
La distribución interior
Aunque hoy no se pueda recorrer libremente, los planos y descripciones permiten imaginar su organización. La planta baja reunía el vestíbulo de doble altura, la sala de visitas, el despacho, el comedor y una sala de billar, además de las dependencias de servicio.
La primera planta incluía una capilla privada, dormitorios, baño y miradores. La segunda era más pequeña y estaba rodeada por una terraza. Esta separación entre espacios nobles y zonas de servicio refleja con claridad el modo de vida de una familia acomodada de aquella época.
Cómo visitar el edificio en 2026
La información turística municipal indica que Casa Solans no está abierta al público de manera regular. Por eso conviene no planificar la visita como si fuera un museo con horario diario, taquilla y recorrido interior.
La opción más realista consiste en acercarse a la avenida de Cataluña para contemplar la fachada desde el espacio público. El acceso exterior no sustituye a una visita guiada, pero permite apreciar los azulejos, la composición de la villa y su relación con el entorno urbano.
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Qué conviene comprobar antes de ir
- Consultar la agenda cultural del Ayuntamiento por si se anuncian jornadas de puertas abiertas.
- Confirmar cualquier visita especial con Turismo de Zaragoza antes de desplazarse.
- Dedicar tiempo a observar la fachada desde distintos ángulos, especialmente los paneles cerámicos.
- No intentar acceder a zonas cerradas ni confundir una apertura puntual con un horario permanente.
Mi consejo es sencillo: si el interior es prioritario para ti, considera la visita como una posibilidad ocasional, no como una garantía. Si te interesa la arquitectura urbana, en cambio, el exterior ya ofrece suficiente material para entender por qué el edificio está protegido.
Cómo incluirla en una ruta por Zaragoza
La ubicación permite plantear una visita breve dentro de un recorrido por la margen izquierda del Ebro. No la presentaría como un monumento aislado que exige reservar medio día, sino como una parada especializada para quienes disfrutan del modernismo, la cerámica y el patrimonio industrial.
Una ruta equilibrada puede combinar la fachada de la villa con un paseo por el entorno del Arrabal y otros espacios culturales de la zona. Después, el viajero puede continuar hacia el centro histórico, donde encontrará una arquitectura de escala y época muy diferentes.
La comparación ayuda a entender mejor el edificio. Frente a los grandes monumentos religiosos y palaciegos del centro, esta residencia muestra una Zaragoza más doméstica y empresarial, ligada a fábricas, familias industriales y nuevas formas de representación social.
Para hacer buenas fotografías, la luz lateral suele ayudar a destacar el relieve y el color de los azulejos. También recomiendo no quedarse únicamente con la fachada principal: la silueta, los miradores y la relación entre las distintas plantas explican mejor el carácter de villa suburbana.
Una visita corta que explica una Zaragoza entera
La casa reúne en pocos metros varias capas de la ciudad: el crecimiento de la industria harinera, la ambición de la burguesía local, la expansión del modernismo y los riesgos que afronta el patrimonio cuando pierde su uso original.
Lo más valioso, en mi opinión, es que no se trata solo de un edificio bonito. Sus cerámicas llaman la atención, pero la historia de incendios, abandono, rehabilitación y reutilización institucional demuestra que conservar patrimonio también significa encontrarle un lugar en la vida contemporánea.
Si estás preparando una escapada a Zaragoza, puedes acercarte a verla desde fuera y añadir después otros puntos de interés del Arrabal y del entorno del Ebro. La visita será breve, pero dejará una imagen muy concreta de la ciudad industrial que todavía sobrevive bajo la Zaragoza moderna.